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Masacre de Pasto (28 de diciembre de 1824)

Masacre de Pasto (28 de diciembre de 1824) - Jairo Arango Gaviria

Los pastusos deben ser aniquilados y sus mujeres e hijos transportados a otras partes. De otro modo, Colombia se acordará de los pastusos cuando al menor alboroto, aun cuando sea de aquí a cien años, porque jamás se olvidarán de nuestros estragos, aunque demasiado merecidos

Carta de Bolívar a Santander

Y de verdad que los pastusos aún recuerdan esa noche. La del 28 de diciembre de 1824; pues de las muchas masacres que vivieron las gentes de Pasto, la de esa fecha es de obligada recordación en esa provincia por ser la más sanguinaria. Sucedió en 1823, cuando el general Agualongo (Indígena Realista) retoma la ciudad de Pasto, arma un ejército y entra victorioso a Ibarra, donde en poco tiempo es derrotado por Bolívar.

Santander le ofrece a Agualongo firmar la paz; pero este la rechaza replegándose con su ejército de guerrillas en las montañas, desde donde trata de regresar a Pasto en un último intento en 1824. Derrotado por el coronel Mosquera quien recibió un balazo en la mandíbula, siendo desde entonces llamado mascachochas. Agualongo apresado por Obando, cuando venía hacia Tumaco le fue ofrecido que se le respetaría la vida a cambio de que jurara obediencia al nuevo gobierno de la Nueva Granada, la cual rechazó con un rotundo no, siendo fusilado el 13 de julio de 1824.

Para junio de 1824 las huestes realistas estaban diezmadas y la ciudad de Pasto a merced de la entrada sin resistencia del ejército patriota en cabeza del mariscal Sucre. Escribió José Manuel Groot: 

“Las tropas irritadas con la obstinación de la guerra que les hacían los pastusos, saquearon la ciudad y el mariscal Sucre había de permitírselo. Allí no hallaron casi gente, todos los hombres habían huido, no estaban sino las monjas, niños y algunas mujeres refugiadas en el convento”.

En iguales términos se refirió el general José María Obando

“No se sabe cómo pudo caber en un hombre tan moral, humano e ilustrado como el mariscal Sucre la medida altamente impolítica y sobre manera cruel de entregar aquella ciudad a muchos días de saqueo, asesinatos y de cuanta iniquidad es capaz la licencia armada; las puertas de los domicilios se abrían con la explosión de los fusiles para matar al propietario, al padre, a la esposa, al hermano y hacerse dueño el brutal soldado de las propiedades, de las hijas, de las hermanas, de las esposas. Los templos llenos de refugiados fueron también asaltados y saqueados”.
La historia es una disciplina que se teje con preguntas. Uno puede preguntarse ¿por qué los pastusos estaban al lado de los realistas y no de los patriotas? Siendo el sur mayormente poblado por indígenas, durante las guerras de independencia optaron voluntariamente, en su gran mayoría, adherir al ejército realista, quienes no estaban interesados en acabar los resguardos que era una de las premisas más importantes que querían difundir.

Al tener tranquilidad de poder mantener los resguardos, los indígenas sintieron la necesidad de acrecentar la fe y de paso ayudar a los realistas en su propósito por mantener la soberanía de Fernando VII, a pesar de que este ya no ejercía en España como Rey.

Las palabras de Bolívar cuando pensó que 100 años después los pastusos lo irían a recordar después de lo acontecido ese 28 de diciembre de 1824, considero que se quedó corto. Hoy en Pasto, después de casi casi 200 años, todavía se escuchan los lamentos y las oraciones de los pastusos clamando por sus vidas. Esa también es la razón de que la plaza principal de Pasto no lleve el nombre de Plaza de Bolívar.

JAIRO ARANGO GAVIRIA

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