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Me monté en el bus que no era

Me monté en el bus que no era

 Nuestra generación, hablo de la generación de la guayaba según Andrés López, aquella nacida entre 1950 y 1970, aquella que vimos nacer el computador personal, el internet, el WINDOWS (las ventanas virtuales) y otras novedades más, y hoy, no sabemos configurar un computador para que trabaje a nuestro antojo; aprendimos a hacer cartas en una máquina de escribir pesada, cartas con las más rigurosa normatividad, respetando a quien la iba a recibir, y hoy, nos asustamos o mejor, nos da rabia ver que una máquina menos pesada con una, dizque una aplicación que no vemos (Word) nos corrige lo que hacemos mal y lo que dizque un día aprendimos, y aún más, la escribe por nosotros sin importar para quién va.

Hace algunos años, o muchos, no sé, lavábamos los pañales de tela y veíamos secar para volver a utilizarlos y esos hijos que lo utilizaron, hoy atienden a los bebés y a nosotros los mayores con uno desechable, pero lo peor, nos acusan de contaminar el mundo, mientras ellos se entregaron inescrupulosamente al desechable, creería yo que contamina más un pañal desechable que uno de tela, utilizábamos pañuelos de tela que, además de verse elegantes en el bolsillo, eran de gran utilidad para nuestra higiene, hoy ni de riesgos se utiliza el pañuelo, nuevamente aparecen los desechables con el riesgo de que sean tirados a la calle sin ningún escrúpulo y contaminando más, y ahora con el covid ¿qué tan peligroso es?

Un reloj nos lo regalaban en la primera comunión y era para toda la vida, bueno hasta cuando producíamos y comprábamos uno de nuestro gusto y ese sí, duraba para siempre, igual pasaba con relojes de pared, bicicletas, cámaras fotográficas, gafas, juegos de copas, vajillas, planchas, licuadoras, televisores y hasta los muebles, mientras hoy compro relojes de dos pesos marca tapita que me dura dos máximos tres semanas. Mi mamá mercaba en las galerías centrales cada ocho días, compraba la carne, las verduras, y hasta el mecato para la semana y hoy todo esto lo compramos en un almacén a una cuadra y vamos cada 8 días al centro a comprar la plancha, la licuadora, la vajilla u otro artefacto que se haya dañado.

Me contaba mi papá que recién casado, de regalo llevó a la casa una nevera y que le duró hasta cuando yo tenía como 30 años más o menos, hoy compran una nevera que al año la están cambiando dizque porque la tecnología sacó una más práctica, además el aparato viejito para la basura, y siguen diciendo que nosotros contaminamos el planeta.

La ropa que usábamos pasaba de hermano en hermano y en cada paso del proceso siempre había un sastre, una señora que remendaba o mi mamá lo hacía, ¡yo siendo el menor imagínense la decoración de remiendos que tenía mi ropa!, hoy no, cada quien se compra su ropa, dura bien poco y además es muy costosa, es decir ¿en qué bus nos montamos?

Ni hablar de la tecnología, de la virtualidad, de las comunicaciones, de la conectividad y todos los juguetes que hay hoy, en nuestra época el WhatsApp era una reunión de vecinas contándose las historias que pasaban día a día, jugábamos vuelta a Colombia con tapas que las cambiábamos para tener un mejor equipo, hoy vemos el tour de Francia en pantalla gigante y a ¡¡¡colorrrr!!! y los cambios los hacen grandes empresarios con millones de dólares. En nuestra época, las reuniones de amigos se hacían en la esquina del parque, tomándonos una gaseosa y haciéndonos bromas unos a otros; hoy las hacen por face, meet o zoom, las bromas no se hacen y cuando se dan son bullying, cada uno compra jugo dietético en su casa. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real…

¡Hay que cambiar el auto cada 3 años porque si no, eres un arruinado, aunque el coche esté en buen estado, y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!

Me educaron para guardar todo, lo que servía y lo que no, porque algún día las cosas podían volver a servir. Sí, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no, y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso a las tradiciones) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantil, el primer cabello que le cortaron en la peluquería, las fotos de la primera comunión, bueno del matrimonio también, del primer día del colegio del hijo, de la primera vez que jugó fútbol con los guayos que le compré, de cuando se cayó en la bici que se la trajo el niño Dios y ¿en qué quedó tanto recuerdo?, solo nosotros nos sentamos a ver las fotos y llorar, los hijos nos dicen “¡voten esoooo!”

Y a mí, me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre; ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real, demás no sé si lo cambiarán, porque pueden cambiar la mujer o el hombre.

Con todo esto y mucho más, veo con preocupación, en qué bus nos montamos, cual ha sido la contaminación de los últimos 40 años, en donde todo se bota; cuánto dinero nos hubiéramos ahorrado o perdido si la situación hubiera sido diferente y lo peor, ¿qué hago con tanta cosa guardada, que no le va a servir a nadie?, ¿en dónde me van a votar a mí?

Es que no es fácil para uno que lo educaron con el “guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo”, pasarse al “compre y tire que ya se viene el modelo nuevo”, nos montaron en el bus que no era y no sé dónde coger la otra ruta.

Pensemos y actuemos: aislamiento inteligente, tapabocas, distanciamiento social, recordemos que “EL VIRUS TODAVÍA ESTÁ POR AHÍ”

ÓSCAR VELÁSQUEZ NARVÁEZ

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