César Montoya Ocampo

Por solicitud expresa de un común amigo de César Montoya Ocampo, compañero de múltiples encuentros en el fragor de la palabra, y alargadas horas al paso de la noche, alimentadas con el espirituoso néctar de la caña de azúcar, este escrito que debí pronunciar frente a su féretro como claro testimonio del afecto que un grupo de personas de Pereira profesábamos por el brillante intelectual, se quedaron impresas sobre el papel, por no fatigar a los presentes y menos competir con reconocidos hombres de letras del Viejo Caldas que, con inmensa pesadumbre y elocuencia despidieron sus despojos mortales.

Escribir sobre César Montoya Ocampo a quien realmente no conocí en el sentido estricto de la palabra, conocimiento que solo se adquiere en la diaria y permanente amistad y mucho más, en las vivencias y el compartir como cómplice silencioso de travesuras, en las noches etílicas que no fueron pocas, al compás de tangos que hasta el amanecer acompañaban los largos encuentros en los que exponía su pensamiento este gigante de la prosa, no es tarea fácil para quien, como yo, vine a tratarlo en la etapa final de su existencia. Paradójicamente lo conocí de oídas, hace 61 años, cuando mi familia le pidió constituirse en parte civil por el asesinato de mi padre en Santa Rosa de Cabal, mi tierra, época en que mi progenitor militaba con orgullo en las huestes alzatistas.

Pese a querer conocerlo desde entonces, solo al final de su vida, cuando decidió sentar reales en la tierra pereirana, coincidimos en un cumpleaños de Germán Martínez Mejía, reunión en la que estuvo acompañado de Heroína, la esposa y compañera de todas las horas. Allí nació una amistad fundada en una admiración profunda por su obra y su pensamiento. Al leer “Prosas para un insomnio”, “De aquí y de allá”, “La palabra contra el Olvido”, “Navegante en tierra firme”, “Memorias de Juan el ermitaño” “Oda a la alegría” y “Sinopsis de un hombre público”, se experimenta una verdadera fruición intelectual. Su vastísima producción plasmada, además, en columnas de opinión elaboradas con finura y prodigiosa construcción idiomática, lo muestra como un maestro en el manejo preciso del adjetivo, que hace de su producción una verdadera obra de arte dándole connotación artística a la palabra.

La tribuna no le fue esquiva. Por el contrario, sentía pasión por ella alternando en los balcones con figuras como Silvio Villegas y Fernando Londoño y Londoño, de quienes fuera compañero de luchas. Trasegó por los caminos de Caldas haciendo parte de la avanzada del mariscal Alzate y luego, con Hernán Jaramillo Ocampo y José Restrepo Restrepo. Reputado en su momento como uno de los mejores penalistas del país, su figura e inteligencia se acrecentaban en el foro en donde se sentía amo, dueño y señor.

Como bien lo expresara en su “Discurso sobre la intemporalidad”: “seguir vivos pese a la fragilidad de la muerte es una aspiración que acariciamos en el rescoldo de nuestra conciencia. Son pocos los nombres que perduran”. El suyo, trascenderá y será perenne en nuestros corazones y en el de su gran Caldas. Descanse en paz maestro.

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Alberto Zuluaga Trujillo


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