El poder es para poder

Por: Leonardo Gutiérrez Giraldo – Coach y consultor internacional

De alguien con quien trabajé hace algún tiempo, escuché repetidamente la frase “El poder es para poder”, haciendo referencia de manera fatua, a que cuando se ostenta un cargo que otorga poder, debe aprovecharse para lograr lo que se quiere, incluso aunque implique transgredir algunas normas.

La palabra poder tiene – etimológicamente hablando – un carácter polisémico, es decir, que tiene varios significados y aplicaciones según el ámbito en que sea usada; podemos usarla para describir un documento legal que otorga a otro, atribuciones para actuar; para describir la capacidad de fuerza o energía de una persona o máquina; o para describir la capacidad y posibilidad de hacer algo, entre otras. Tal vez, la más usada y también la más deseada de sus connotaciones, es la que corresponde al ejercicio de la autoridad, que aplicada en un sistema jerárquico otorga poder; los padres tienen poder sobre sus hijos, los jefes sobre sus colaboradores, los gobernantes sobre los habitantes de una nación.

Hasta la Edad Media, los reyes eran, según la creencia, designados por un dios para que gobernaran en su nombre, con lo cual un rey era la representación de dicho dios y, por tanto, tenía el poder absoluto. Precisamente en esa época, Nicolás Maquiavelo escribe un tratado de doctrina política dirigida a los reyes, llamado “El Príncipe” y que fue publicado en 1531, de manera póstuma; donde en contravía del pensamiento reinante en el momento, define el poder como una relación entre hombres que no necesariamente se rige por la religión, como si por la ley y que, entre sus muchas aportaciones, define el origen del poder en dos fuentes. La primera, el Poder Autoritario, el cual emana del propio cargo o rol que tiene quien lo lleva, para ponerlo en una frase cercana a muchos de nosotros, porque la hayamos oído o peor aún porque la hayamos repetido, “¡Porque soy su papá y punto!”, es decir, la autoridad porque si; la segunda fuente, es el Poder Conferido, donde centra parte de su discusión Maquiavelo al afirmar que un rey será rey, hasta tanto el pueblo lo vea y respete como tal. La confirmación de su tesis se dio de manera contundente con la revolución francesa y la condena a la guillotina de Luís XVI y su esposa María Antonieta en 1793, que cambió no sólo a Francia, sino al mundo en general. El rey había muerto y no había un nuevo rey a quien vitorear. Si bien es cierto, otros autores como John Locke o Rousseau entre muchos han hecho significativos aportes, nos quedaremos con Maquiavelo.

A partir de este punto, usted como lector, podrá indistintamente leer familia o empresa, según el ámbito en que lo quiera aplicar. En la familia – empresa, existe una concentración del poder, acordada por un contrato social que ejemplifica las dos fuentes de autoridad antes definidas, no obstante, la primera no es nada sin la segunda; porque de nada sirve ser el padre – jefe, si sus hijos – colaboradores no lo ven como tal. El Poder Conferido es la sumatoria de muchas características y habilidades que hacen a una persona digna de ser vista como la apropiada y, por consiguiente, aceptada para regir los destinos de otros y tomar decisiones según su criterio. Una característica primordial es el conocimiento, que se evidencia en el saber hacer de la persona, para ser padre – jefe, se requiere saber y tener un conocimiento amplio, no obstante, como usted mismo lo habrá comprobado si es padre – jefe, la percepción de su conocimiento merma en la medida que el hijo – colaborador crece y se desarrolla como persona. Esa razón nos lleva a buscar una característica que sea más relevante y perdurable, si es que se quiere mantener el poder; esa característica es la moralidad con la que el padre – jefe toma decisiones que involucran y afectan a su grupo social cercano.

Pareciera que, en nuestra sociedad, que algunos llaman chibchombiana, degradando el legado de los chibchas, la moral se ha moldeado y manipulado hasta el punto de desdibujarla. Han circulado por estos días en las redes sociales, un sin fin de vídeos que muestran la actividad de los hinchas en el mundial de Rusia, del que se destaca uno, donde un grupo de colombianos hacen gala de lo que es un comportamiento que encaja perfectamente en lo que con exagerado orgullo llamamos “ingenio paisa”, que si bien es cierto, por su nombre se encuentra delimitado a una región específica del país, también es cierto que está presente en todo colombiano, independientemente de su condición, ubicación geográfica o género y que se denomina con otros nombres como malicia indígena, sexto sentido, viveza, entre otros.

El reto que plantea el vídeo y las consecuencias que desencadenó para uno de sus protagonistas al perder el empleo, es la apertura de una discusión acerca de si es o no conveniente un comportamiento como este en un país diferente al nuestro y donde el personaje, funge como representante de una nación. Sin embargo, me gustaría proponerle una reflexión más profunda, y en mi criterio importante, no referida a si es correcto o no el comportamiento, ya en ocasiones anteriores he manifestado que todo comportamiento tiene su justificación, así cada uno de nosotros no la entienda; la pregunta que surge es ¿Qué hace que los colombianos de manera ingenua, nos sintamos orgullosos de actos que rompen las normas sociales e incluso que veamos a los delincuentes como personas ingeniosas?, ¿Qué hace que validemos el atajo para lograr condiciones que toman mayor tiempo y esfuerzo?, ¿Qué hace que en un principio muchos hayan compartido el vídeo en sus redes sociales, vitoreando a los protagonistas?, la respuesta está en la cultura arraigada, perpetuada de generación en generación, que sólo prende las alarmas cuando el “Ingenuo Paisa” se sobrepasa en su comportamiento y transgrede normas sociales internacionales, porque a los ojos de las nuestras es algo “muy común”, nuestra moral es variable y ajustable.

Nos hemos percatado acaso de la forma en que conducimos por nuestras calles – no sólo las motos, como decimos algunos – ¡todos!, los carros, los ciclistas, los peatones, que indistintamente ignoramos las normas básicas del respeto y la adecuada circulación, todavía en nuestra cultura se guardan sillas, premiando al que llega tarde o se guarda fila en la cola para beneficiar al que cree tener más afán que los demás, enseñamos a nuestros niños “trucos” para obtener beneficios que otros no, con la famosa frase “Sea vivo mijo, que el vivo, vive del bobo” y recientemente la famosa “Se acata pero, no se cumple”; el problema no son los hinchas de los vídeos, los peatones, los que guardan puestos, es la cultura con baja moral que todos recibimos e insistimos en mantener justificándola como “si no lo hago yo, otro lo hará”; y queriendo pasar por ingeniosos, terminamos siendo ingenuos, debilitando una sociedad que premia a líderes con dudosos comportamientos, matrimonios con más de dos actores, programas en televisión que se enfocan en las más bajas conductas del ser humano, promoviendo el chisme, la insana competencia, cuando no el odio entre uno y otro participante.

El problema no es el vídeo, y los que vendrán, no son los protagonistas inacabables; el problema, así como la solución somos todos. En esta discusión está en juego la noción de moral que tenemos los colombianos, entendiendo que la moral es un constructor de creencias, normas y opiniones que orientan el comportamiento de los individuos que hacen parte de una sociedad, facilitando que contribuyan a la estabilidad y crecimiento de la sociedad misma, al determinar comportamientos grupales aceptables y, por tanto, los que no lo son. ¿Cuál es la moral que nos rige a los colombianos? La moral del todo vale, siempre y cuando me beneficie a mi.

¿Usted cree que el poder es para poder?

Leonardo Gutiérrez Giraldo
Master Coach, Coach Profesional y Comercial
certificado por la Global Coaching Federation
NLP – Master International Association for NLP de Suiza
Consultor Internacional certificado por Bureau Veritas
Sinergia Consultoría Organizacional
leonardo@sinergiaconsultoria.net
Twitter: @leogutierrezg

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